sábado, 21 de septiembre de 2013

Erasmus 4.0

Ayer fue un día de emociones fuertes, empecemos desde el principio...

Antes de subirme al avión conocí a dos chicos, un malagueño y una granadina, y rápidamente hicimos equipo. Supongo que ciertas situaciones en las que te ves desamparado te unes más, quizás porque así te sientes más seguro. 

El viaje no se hizo largo. Entre intentar dormir, cambiar una y mil veces de posición en los asientos, y pensar en lo que estaba por venir, se nos hizo bastante ameno.

Y así, ¡por fin habíamos llegado a Cracovia! Una vez pisamos Polonia fuimos a coger el bus  para ir a la estación, y así desde allí coger el de Katowice. Nos costó menos de un euro el trayecto de unos veinticinco minutos, sí, Polonia iba a ser realmente barato.

Cuando cogimos los billetes, a Miguel, el otro chico, le faltaban dos zlotys. Nos preguntó y no teníamos cambio para dejarle. De repente un hombre de espaldas anchas, blanco de cara y rubio ( por lo que se atisbaba, pues estaba totalmente rapado);  le dio cinco zlotys para que pagara, y se los entregó en mano él mismo a la señora. 

Este chico es una de las pruebas de que la gente aquí tiende a ayudar en todo lo que puede, aunque va a haber excepciones, como en todo.

Tras más de ocho horas de viaje estábamos ya en el bus a Katowice. 
Si lo comparamos con España, se parece bastante a la zona norte; al llover mucho están muy verdes todas las fincas, como puede suceder en la mayoría de los sitios Cantabria. Lo que difiere bastante son las construcciones; entre ciudad y ciudad apenas ves edificios, ni casas en el medio de campo. No amplían la zona urbanizada más allá de la ciudad.



¡Quedan diez kilómetros!, ¡ya sólo cinco!, ¡ya estamos, ya estamos!
Si he de ser fiel a la realidad el entusiasmo no duró mucho. Katowice es una ciudad abandonada completamente en cuanto a fachadas, edificios, calles, etc.
Es una ciudad que ha sido punto de guerras mundiales, controlada por la Unión Soviética, y que ha sufrido en cada estructura las consecuencias de ello. 
Te hablan de que no es un ciudad especialmente bonita, pero tú en ningún momento piensas que vas a ver esto. Es gris, con la mitad de la ciudad en obras y la otra mitad llena de graffitis. No es una ciudad, al menos al principio, hogareña. No te acoge, eres tú quien te tienes que amoldar para irte poco a poco haciendo a ella.

Yo no vivo en Katowice, como ya os dije. Vivo en Ligota. Para ir hasta allí me cogí un taxi. Era un señor mayor, de unos setenta años, con la mitad de los dientes y un coche que se iba cayendo a piezas. Intente hablarle pero fue imposible entendernos. El hombre me hablaba más despacio, pero polaco igualmente, pensando que así le entendería. Negativo.

Me toca hablar de la residencia. Qué decir, en este caso tiene mucho de cierto aquello que dice que todo depende de los ojos con los que mires. 
Llegue a la residencia, con una maleta que ponía "heavy" (ryanair y nuestra relación amor odio), una maleta de mano que era de todo menos de mano, un abrigo que pesaba más que yo, y una cara de "voy a estar aquí durante mucho, mucho tiempo".


Tuve suerte y la chica que estaba en recepción hablaba inglés (cosa poco común aquí). 
Me dio mi habitación pero me dijo que ahora estaba sola, que todavía no habían llegado las otras compañeras. Le pregunte también si había más gente en la residencia ahora y me dijo que sí, pero que se habían ido fuera.



Con miedo me monté en el ascensor y me dirigí a la 101b. Abrí y me quedé allí. Tres camas en el suelo, y tres armarios que bien pueden considerarse de cuando acabo la guerra mundial. En otra situación, con un contexto más afable (llovía fuera, no había nadie en la residencia... perfecto encuadre para el drama) me hubiera reído, pero no, no me reí.


¿Un poco dramático visto así, no? Poco a poco, y con paciencia todo se vuelve de otro color, como veremos próximamente.


martes, 17 de septiembre de 2013

Evasión

Nuestra vida es una carretera sin sentido. Vivimos presos de una cárcel que nosotros mismos nos hemos construido, que vemos cada día y que pensamos que es el lugar en el que tenemos que vivir. Pero no.

Pasamos un tercio de las horas del día en el trabajo, a lo que habría que sumarle el tiempo que nos cuesta ir y venir hasta casa. Si a eso le restas el tiempo que le dedicas a todas esas pequeñas cosas cotidianas (aseo, ascensor, compras, cocinar...) y las horas que dormimos te sale la cuenta del día casi completa. ¿Dónde estamos nosotros? ¿En qué hora de toda esa mecánica absurda de nuestro cronómetro encajamos?



La prisa es algo en lo que nos educan. Sacar los estudios a curso por año, sin repetir. Eligiendo estudios aunque no sepas a ciencia cierta ni qué quieres estudiar ni siquiera si quieres estudiar. Pero estudiar aquí no es una opción, porque sin estudios superiores-antaño reservados a unos cuantos-no eres nadie. En esa escuela, la universitaria, aprenderás a pisar cabezas, a competir por ser el mejor, el primero, el más. Y entonces saltarás al ruedo, tú solo, ante el mundo. Sin tener ni idea de nada.

Tras años y años de preparación es cuando, de verdad, empieza tu carrera. La carrera por medrar más rápido, por tener un contrato, por conservar tu empleo, por conseguir más sueldo, por cambiar de empresa, por cobrar mejor esas horas extra. Y ahí, en algún  lugar de tu vida, entre la ducha matutina y el atasco de cada día, dejaste aparcado todo lo demás.

Corremos tanto- o intentamos sumarnos a la carrera- que no vemos lo que pasa por nuestro lado. Ahí sigue la familia, siguen los amigos, sigue el tiempo entero. Siguen los lugares a los que ya quizás nunca iremos, y todas y cada una de esas oportunidades que pasaron. Las cunetas de nuestras vidas están llenas de opciones muertas que no tomamos, de decisiones que desaprovechamos. Ahí hay un montón de errores y otros tantos aciertos.

Sin embargo la carrera no puede parar. Por un momento puedes ser consciente, abrir los ojos en mitad de este enorme Matrix social, mirar a tu  alrededor y ver la realidad. Ver que te pasas la vida perdiendo el culo para conseguir dinero para comprar cosas, y más dinero, y más cosas. Puedes cobrar conciencia de que te matas a hacer cosas para que, al fin, cuando te jubiles, estarás tan solo y cansado que ya no tendrás fuerza para disfrutarlo.

La carrera no puede parar. No puedes liarte la manta a la cabeza e irte a un pueblo, a una playa, a otro país a intentar vivir sin correr contra el reloj. No estamos educados para eso y muy pocos son capaces de tomarse esa pastilla roja. 



¿Qué te espera al otro lado? ¿Luchar lo que te quede de vida contra todo lo establecido y sin garantía de éxito?

En esta sociedad lo único que nos queda es la evasión. Evasión.

Evadirse puede querer decir-así, sin mirar el diccionario- marcharse, esquivar algo, ocultar algo, huir, tener la cabeza en otras cosas. La evasión es la necesidad de huida. El respiro cotidiano, el cerebro en stand by, la mirada al infinito, la vista perdida, el imaginar lo que dirías o harías si tuvieras valor. También es, claro, el temer, el expresar los peores demonios internos de forma irracional el machacarte internamente mientras por fuera sigues sonriendo.

Julio Verne no invento la evasión, pero la hizo mágica. Él fue el padre de historias increíbles que materializaron los mayores anhelos y los principales miedos de la humanidad. La exploración, la aventura, lo desconocido, el reto de superar aquello para lo que la naturaleza nos diseño. Da igual que sea visitar el centro de la tierra, volar o , incluso, viajar en el tiempo. Esa desazón ante lo imposible, ante lo que no controlamos, es como esa pizca de pimienta mental para seguir creyendo

Porque si no creemos en algo, en que podemos conseguir esa meta secreta que ambicionamos, para qué vale la pena luchar. ¿O acaso tú no vives tus días esperando que llegue un momento en que consigas eso que buscas?

Verne era un visionario. Él escribía, y ese era el canal de evasión que ofrecía. Pero evasiones hay tantas como humanos. La música, la poesía, el cine. También un viaje, una persona, un olor. A veces un recuerdo, un café. Incluso claro, dormir y soñar. Las cosas más mágicas son precisamente las que no son, las que no tiene forma, las que no tienen definición posible ni pueden ser explicadas. La magia es así, y ese es su valor.

La sensación de la evasión, del desconectar, está al alcance de todos.




El mundo, tal y como lo hemos conocido, es una carrera demente hacia la nada. Competir por ser mejores, por llegar más alto, por ganar más, por comprar algo, por tener algo. Dedicamos más tiempo al trabajo que a la familia, más a las preocupaciones que a bailar, más a tener miedo que a gritar a pleno pulmón.

Al final nos pasamos la vida evadiéndonos de una realidad última, insuperable e incontestable: que a la que te quieres dar cuenta de que llevas toda la vida trabajando para poder evadirte en condiciones, eres ya demasiado mayor como para disfrutar de la evasión.

Y entonces llega la evasión de verdad, la única. La irrebatible.

Cuando ves la meta supongo que ya es tarde como para pararte en la carrera.


*Este artículo fue publicado originalmente en la revista Jotdown

lunes, 16 de septiembre de 2013

Erasmus 3.0.

Me quedan seis días para irme. 
Esta es mi última semana en Santander hasta diciembre.
Tengo hasta el domingo para despedirme, preparar maletas, y decir adiós.


El domingo (sábado por la noche) empieza una nueva etapa. Así mejor.





miércoles, 11 de septiembre de 2013

3:01 - No comments

Asia.

Estás tan normal, sentado en tu sofá, cuando de repente lees en un títular:

"Casi el 25% de los hombres de parte de Asia reconocen haber violado alguna vez"

Relees otra vez, porque piensas que has debido equivocarte leyéndolo. Pero no. Lo has leído perfectamente. Uno de cada cuatro hombres ha violado alguna vez a una mujer. 

Uno de cada cuatro es una cifra cuánto menos normal. Tú puedes decir a uno de cada cuatro hombres les gusta despertarse tarde; totalmente lógico. Tú puedes decir uno de cada cuatro estudiantes prefiere estudiar por la mañana, es un dato normal. Tú puedes decir uno de cada cuatro habitantes prefiere vivir en el campo, nada fuera de lo común. Uno de cada cuatro es un concepto que nos lleva a algo habitual, que se realiza casi con normalidad. Pero, ¿desde cuándo la violación se considera algo normal?



Sigues leyendo la noticia, y de ese tanto por ciento, cuatro quintas partes considera que estaba en su derecho de violar a la mujer. Paremos el carro. ¿Derecho?, ¿qué entendemos por derecho? Que un hombre, porque se le antoje, le apetezca o vaya usted a saber qué razones puede esgrimir, pueda obligar a una mujer a tener relaciones sexuales está lejos de ser un derecho. Nadie es objeto ni posesión de nadie, la mujer (tanto como el hombre) es quién decide con su propio juicio con quién acostarse, y nadie, por muchas creencias ilógicas que haya arraigadas en su cultura puede obligar a otra persona, y vulnerar su libertad.

Y aunque no tiene medida de comparación, es triste que esta noticia pase sin ni siquiera llamar la atención, que se camufle entre "crisis, fútbol, olimpiadas...", pasando a perderse sin haber hecho reflexionar al menos a quién lo lee.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Erasmus 2.0.

-¿Qué tal todo?, ¿cómo te va?

-Bien, no me puedo quejar, me voy un año a estudiar a Polonia, a ver qué tal se da.

-¡¿A Polonia?!, ¡¿un año?!

Mueves la cabeza afirmando, y sonríes. Te limitas a sonreír. Pero no lo piensas.

Luego llega el momento en el que coges el billete de avión. Entras en la página de Ryanair y escoges la fecha, 22 de septiembre. Hasta ahí todo tan normal. El pequeño cambio, insignificante detalle es que sólo coges la ida. ¿Y la vuelta?-pregunto a mi hermano. -No, todavía queda mucho para la vuelta. Ya lo cogerás más tarde que saldrán ofertas. 

                               


Queda mucho para la vuelta. Billete solo ida. Y ahí en ese momento te das cuenta. No es un "si en nada vuelvo", ni un "me voy unos días". Se trata de ir a vivir (cojo aire) un año allí. En Polonia.

Es ahí cuando las palabras vivir y un año empiezan a revolotear por tu mente. "Me voy un año a vivir fuera, ¿aquí en España? No, en Katowice".



Control.

Nos encanta controlar todo.

El control nos da seguridad. La certeza de que manejamos la situación, de que podemos predecir lo que ocurrirá (y no nos equivocaremos, o la posibilidad de que así sea es mínima) junto al conocimiento (falso) de que no se escapa nada de nuestro alcance; nos vuelve más fuertes (aparentemente). Nos sentimos como pequeños dioses moviendo fichas, creyendo saber exactamente cuantos movimientos necesitamos para matar al rey (jaque mate) sin que las circunstancias nos lo impidan. 

No deja de ser una ilusión. En realidad hay infinidad de circunstancias, hasta el más ínfimo peón puede trastocarnos la partida, y ahí es cuando el jaque mate cambia de dirección. La sensación de control desaparece por completo, y se cambian los papeles. Nos sentimos vulnerables, como si no conociéramos el tablero y nos paralizamos. Un sólo movimiento que no estaba planeado en nuestros esquemas mentales y ya no sabemos cómo actuar. Mucho menos disfrutar del desafío que se nos presenta.




No puede predecirse una partida entera estando atento solo a la mitad del tablero, pretendiendo que éste es ajeno a todo. Un movimiento y parar. Reflexionar de nuevo. Dejar mover ficha al rival de en frente. Parar de nuevo. Valorar cada movimiento, y que este no sea en vano. Sólo se tiene el control en cada turno, lo demás se nos escapa y es lo que realmente le da emoción (vida) al juego. 

Un jaque inesperado que conseguimos bloquear nos da la satisfacción que jamás nos podrá llegar a dar el (des)control. 




martes, 3 de septiembre de 2013

Y si.

El maldito "Y si".

Es inevitable ( y lógico, después de todo) que pensemos sobre el futuro. Que hagamos planes, imaginemos situaciones o deseemos cómo nos gustaría que nos fuera en un tiempo. No tiene nada de malo, es más, es bueno que tengamos motivaciones, es lo que realmente le da sentido a lo que hacemos. 

Todo esto está muy bien. Algunos lo pueden llamar sueños, ilusiones, o ganas, al fin de al cabo. El problema podría ser que nunca lleguen a realizarse, o que nos quedemos a medias en el camino. No seria tan idílico como imaginamos, ¿no? Pero no, el problema se da antes, e inconscientemente lo creamos nosotros. Una zancadilla tras otra con miles de "y si". Cada vez que pronunciamos uno, nos vamos alejando más de aquello que anhelamos, nos refugiamos en lo que tenemos ahora, viéndonos incapaces de alcanzar lo que de verdad queremos. No somos conscientes de lo que hay más allá, los "y si" que van acumulándose poco a poco en nuestra mente, nos impiden ver que lo que traspasa esa línea es lo que realmente merece la pena. 

Los "y si" actúan como una barrera protectora, un escudo. 

¿Qué pasa entonces si se trata de una barrera que nos mantiene seguros pero que a la vez nos frena de conseguir aquello que anhelamos?



lunes, 2 de septiembre de 2013

Eramus 1.0

"Sería tan guay hacer un Erasmus", "imagina lo que sería irte a no sé... Eslovenia, por ejemplo", "un amigo me dijo que se fue a Italia y que fue una pasada", "¿y si lo pedimos?"


Así, sin darle muchas vueltas, Laura, una amiga de la que os hablaré más tarde, y yo, pedimos la beca Erasmus. O dicho de otra manera, echamos la solicitud para que nuestro hogar (o eso esperamos que llegue a ser) durante un año fuera una ciudad europea, que bien podía ser desde una localidad turca limítrofe con Asia, hasta un pueblo del sur de Italia, pasando por Oporto y Katowice.


Y de este modo, en febrero me concedieron la plaza Erasmus con destino Katowice. ¿Katowice?, ¿dónde está eso?, ¿es ruso?, ¿qué hablan allí? La primera vez que escuchas el nombre de la ciudad te suena a chino (o a polaco en este caso). Pero en menos de un mes ya te has mirado todos los trenes y las conexiones con los países de alrededores, sabes que se tarda 1h 20 min a Cracovia y 40 min a Auswicht, hasta te sabes ya cuál es el supermercado más barato y que una cerveza te cuesta 3 zlotys. 



                                            


A mi amiga Laura le concedieron Oporto. No sé si por el efecto Erasmus, por la curiosidad, o simplemente las ganas de conocer, que puedes preguntarle cualquier calle de Oporto que va a saber responder mejor que cualquier paisano portugués. Es como si antes de ir ya formara parte de esa ciudad (no sólo por el hecho de ser casi un mapa callejero mental), sino porque te habla del fado, de las tradiciones en la universidad de Porto, de la noche de San Juan allí, como sí realmente lo hubiera vivido ya. 


Podréis decir, si ni siquiera habéis pisado el país de destino, y razón no falta. Pero ahora mismo es una sensación de querer conocerlo, hacerlo tuyo, tu casa; no sentirte viajante de paso, sino una parte más allí, lo que te lleva a estando aquí buscar infinidad de cosas sobre él, y así ir teniendo cada vez una visión más cercana del país.
Así iré escribiendo siempre que pueda (veces más, veces menos) las experiencias que voy teniendo, y aquí os dejo el link de mi amiga Laura para que veáis las andanzas portuguesas "Enjoy the storm"


Espero que dentro de un año al releer estas líneas, pueda decir que realmente ha sido un buen año, y que una experiencia Erasmus merece realmente la pena.